Publicado el viernes 17 de octubre del 2025

Estados Unidos vuelve a poner freno a la acción climática. Las reglas del juego internacional están cambiando.

Trump desmantela la agenda verde desde el primer día

El regreso de Donald Trump a la presidencia ha supuesto un giro drástico: Estados Unidos vuelve a abandonar el Acuerdo de París y desmantela las políticas ambientales impulsadas en los últimos años. La nueva administración no solo revierte normativas climáticas internas, sino que envía un mensaje político claro: la transición ecológica deja de ser una prioridad nacional y se convierte en un enemigo.

Este cambio no se limita a ajustes técnicos. El eslogan que domina esta nueva etapa es contundente: “drill, baby, drill”. Más extracción, menos regulación; más exportaciones de gas y petróleo. No es solo una estrategia energética, es una declaración ideológica: el sector fósil se presenta como símbolo de poder económico, independencia y orgullo nacional.

Esta narrativa convierte la acción ambiental en una batalla política interna. Las políticas climáticas se asocian con debilidad, intervención estatal y pérdida de competitividad. En este escenario, la transición ecológica deja de ser un consenso bipartidista para convertirse en un campo de polarización.
El símbolo más claro de esta reversión es la cancelación de Esmeralda 7, que habría sido el mayor proyecto solar de Norteamérica. La Oficina de Gestión de Tierras retiró su aprobación, pese a que el proceso se inició bajo Biden. Todo indica que no será el último.

Presión internacional: tarifas, chantaje regulatorio y bloqueo diplomático

Estados Unidos no solo frena dentro de sus fronteras: también presiona fuera. Retoma la guerra de tarifas y utiliza el acceso a su mercado como herramienta para condicionar las políticas ambientales de otros países. En este marco, cualquier normativa climática ambiciosa puede considerarse una “barrera comercial”.

La última ofensiva fue la exigencia de Washington a la Unión Europea para rebajar sus estándares ambientales por considerarlos “demasiado restrictivos” para sus empresas. Esta vez, Bruselas rechazó frontalmente las presiones y se negó a abrir la puerta a una desregulación encubierta.

A nivel multilateral, Estados Unidos bloquea consensos en cuestiones clave como financiación, mercados de carbono o compromisos sectoriales. El resultado es una mayor fragmentación y estancamiento en las negociaciones internacionales.

El efecto también llega al sistema financiero. La Net Zero Banking Alliance (NZBA), respaldada por la ONU para alinear las carteras bancarias con la neutralidad climática, ha cesado sus operaciones tras una ola de abandonos. Tras la victoria electoral de Trump, su discurso fósil creó un entorno hostil y muchos bancos se retiraron para evitar conflictos políticos y regulatorios. Sin finanzas alineadas, la transición se debilita.

¿Qué resistencias y liderazgos existen al apartarse Estados Unidos?

Con Estados Unidos retirado de la cooperación internacional, el sistema multilateral entra en una fase de reconfiguración. Surgen nuevas resistencias, pero también nuevos centros de influencia.

Europa intenta mantener su marco regulatorio, aunque enfrenta un contexto político interno más incierto. América Latina gana protagonismo con la COP en Brasil, pero sobre todo los países del Sur Global están tomando la iniciativa, liderando por la acción y demostrando que la transición depende, ante todo, de la voluntad política.

El escenario ya no es de liderazgo único, sino de multipolaridad climática. La pregunta no es solo quién ocupa el vacío que deja Estados Unidos, sino si el mundo es capaz de sostener la acción colectiva en medio de tensiones, proteccionismo y competencia industrial.

El sistema internacional se redefine entre quienes aceleran el cambio y quienes intentan frenarlo, mientras la ventana para mantener el 1,5 °C se hace cada vez más estrecha.