China en la gobernanza climática: un liderazgo no convencional
China lidera el clima global entre cooperación, competencia y ambigüedad.
En los últimos años, el papel de China en la gobernanza climática internacional ha pasado de ser periférico a estructural. Su peso en emisiones, su capacidad industrial y su presencia creciente en el Sur Global la sitúan en el centro del sistema. Pero ese protagonismo no se traduce fácilmente en un liderazgo claro ni unívoco.
A partir de una conversación con Jiayi Zhou —Senior Researcher en SIPRI— y del análisis de los trabajos de Bénédicte Bull —profesora en el Centre for Development and Environment de la Universidad de Oslo—, se dibuja una imagen más compleja: la de un actor que avanza, pero sin asumir plenamente el rol que muchos esperan.
Un liderazgo condicionado por la relación con Estados Unidos
Jiayi Zhou recuerda que la relación entre China y Estados Unidos ha sido históricamente un elemento central de la gobernanza climática. Un componente que se explica por la necesidad de encontrar un terreno de diálogo y un espacio relativamente “seguro” entre dos potencias con tensiones en otros ámbitos. En momentos clave, como antes del Acuerdo de París, esa relación funcionó como un canal de cooperación incluso en contextos adversos.
Sin embargo, ese equilibrio ha cambiado. El contexto actual está marcado por una lógica más geopolítica y geoeconómica, donde el clima ya no opera necesariamente como terreno de entendimiento.
En ese marco, China aparece como un actor que “en la práctica” está dando pasos adelante —por ejemplo, en inversión en energías limpias—, pero que sigue manteniendo una posición ambivalente en el plano formal. Como señala Zhou, China continúa sin asumir el estatus de país desarrollado dentro de la CMNUCC, lo que le permite evitar determinadas obligaciones .
Desde la perspectiva de Bénédicte Bull, este reposicionamiento debe entenderse en un contexto más amplio de transformación del orden internacional. Sus trabajos subrayan que la gobernanza climática ya no puede separarse de las dinámicas de poder, comercio y desarrollo, donde la competencia entre grandes potencias redefine los márgenes de cooperación.
En cuanto al papel de otros actores, la posibilidad de un eje China–UE que sustituya la dinámica con Estados Unidos aparece como limitada. Zhou describe la relación como “turbulenta” y cada vez más condicionada por factores de competencia y seguridad. Aunque existen espacios de diálogo, el clima ya no funciona como un ámbito aislado del resto de tensiones.
Más que una contradicción puntual, esta dualidad forma parte del posicionamiento de China: avanzar en ciertos ámbitos sin redefinir completamente su rol en el sistema internacional.
Transición energética: entre estrategia interna y economía política global
Al abordar el liderazgo climático desde dentro, ambas coinciden en un punto clave: el impulso principal de la transición en China es doméstico.
Zhou subraya que la transición energética está profundamente vinculada a cuestiones de seguridad y estrategia nacional. La expansión de las energías limpias responde primero a la necesidad de garantizar suministro energético, reforzar capacidades industriales y posicionarse en el mercado internacional, antes que a objetivos estrictamente climáticos.
En este sentido, la narrativa internacional —centrada en contribuciones al bien común— funciona más como marco de legitimación que como motor del cambio.
Esto también explica ciertas tensiones. En momentos de presión, China ha priorizado la seguridad energética, incluso recurriendo a combustibles fósiles. Como se señala en la entrevista, “las necesidades priman sobre las aspiraciones” en el corto plazo .
Bénédicte Bull complementa esta lectura desde la economía política del desarrollo. Sus trabajos destacan que la transición verde global está profundamente imbricada en dinámicas de acumulación, industrialización y competencia tecnológica. En este sentido, el liderazgo climático de China no puede entenderse al margen de su estrategia de posicionamiento en cadenas de valor globales, especialmente en sectores como energías renovables o minerales críticos.
No se trata tanto de una incoherencia como de una jerarquía clara de prioridades, donde lo climático se articula con objetivos de desarrollo y poder económico.
El Sur Global: entre cooperación, desarrollo y nuevas dependencias
En el plano internacional, uno de los espacios donde el papel de China es más visible es el de la cooperación Sur–Sur.
Zhou explica que es difícil definir con precisión las ambiciones externas de China. Existen múltiples interpretaciones, pero su expansión responde a factores combinados: voluntad de influir en normas y reglas internacionales, y una base económica clara derivada de su capacidad industrial, especialmente en energías limpias.
También matiza que China actúa menos como un líder unilateral. Su estrategia pasa por construir coaliciones y posicionarse como parte de un grupo más amplio de países en desarrollo, lo que le permite amplificar su influencia sin asumir completamente el rol de potencia dominante .
Desde la perspectiva de Bull, este despliegue en el Sur Global plantea preguntas clave sobre desarrollo y dependencia. Sus investigaciones señalan que la transición verde puede reproducir dinámicas de extractivismo, particularmente en torno a minerales críticos, donde los países proveedores asumen costes ambientales y sociales mientras otros capturan mayor valor añadido.
En este contexto, el papel de China no es excepcional, pero sí central. Como otros actores globales, participa en una reconfiguración de las relaciones económicas internacionales donde la transición energética puede generar tanto oportunidades como nuevas asimetrías.
El debate sobre los impactos del modelo chino —en infraestructuras, comercio o recursos naturales— refleja esta ambivalencia. Zhou introduce un matiz importante: muchas de estas dinámicas no son exclusivas de China. La cuestión clave es cómo se materializan en cada contexto: qué efectos tienen sobre el desarrollo local, qué tipo de empleo generan o si incorporan transferencia de conocimiento.
También señala que algunas narrativas, como la de la “diplomacia de la trampa de deuda”, simplifican en exceso una realidad más diversa, con resultados heterogéneos e incluso casos en los que China no ha obtenido beneficios claros .
Esto no elimina los riesgos, pero obliga a analizarlos con mayor precisión y sin marcos preconcebidos.
Un actor central, pero no un líder convencional
De la conversación emerge una conclusión clara: China es ya un actor imprescindible en la gobernanza climática global, pero su liderazgo no responde a los esquemas tradicionales.
Avanza en la práctica —especialmente en el despliegue de tecnologías limpias y en su presencia internacional—, pero al mismo tiempo mantiene ambigüedades en su posicionamiento formal, prioriza intereses domésticos y opera en un contexto marcado por la competencia.
Como sugieren tanto Zhou como Bull desde enfoques distintos, el liderazgo climático actual no puede entenderse únicamente en términos de ambición climática. Está atravesado por dinámicas de poder, desarrollo y reconfiguración del orden global.
Más que un líder que articula consensos, China aparece como un actor que redefine los márgenes de la gobernanza climática mientras participa en ella.
Y en un sistema internacional cada vez más fragmentado, esa forma de liderazgo —incompleta, pragmática y condicionada— puede resultar tan influyente como cualquier modelo más clásico.
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