Publicado el viernes 31 de octubre del 2025

 Cuando ya no se niega el cambio climático, pero se manipula la ciencia para retrasar soluciones.

El Departamento de Energía de EE. UU. pidió a empleados de su Oficina de Eficiencia Energética y Energías Renovables que evitaran usar el término "cambio climático". Este hecho, aparentemente anecdótico, revela una tendencia cada vez más presente: el science-washing.

Del negacionismo al science-washing: un nuevo modo de retrasar la acción

Durante décadas, quienes querían frenar la acción climática se apoyaron en el negacionismo. Primero se puso en duda la existencia del calentamiento global, después su origen humano. Cuando la evidencia científica se volvió imposible de negar, surgió el greenwashing: aparentar compromiso climático sin cambios reales. Hoy asistimos a una nueva fase, más sofisticada y peligrosa: el science-washing (o blanqueo científico).

El science-washing no niega el cambio climático. En apariencia respeta la ciencia, pero la manipula, la diluye o la desacredita para frenar políticas ambiciosas. Ya no se dice que la ciencia miente; se cuestiona su utilidad política, se exagera la incertidumbre o se usa de forma selectiva para justificar la inacción.

La trayectoria de la ciencia climática en las negociaciones

Desde que se creó el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) en 1988, la ciencia ha sido la base sobre la que se construyen los acuerdos internacionales. Los informes del IPCC —elaborados a partir de decenas de miles de estudios revisados por pares— han guiado las negociaciones bajo la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Su estructura refleja un delicado equilibrio político: es un organismo de la ONU, cogestionado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA); sus autores son científicos independientes, pero su dirección —presidencia, vicepresidencias y secretariado— se elige entre representantes de gobiernos, y los resúmenes para responsables de políticas se aprueban línea por línea por los 195 Estados miembro. Esto garantiza legitimidad política y, al mismo tiempo, abre la puerta a tensiones y presiones en la negociación de cada palabra clave.

Fueron clave para entender el alcance del problema y para sostener la meta de limitar el calentamiento global por debajo de 2 °C, con el esfuerzo de llegar a 1,5 °C que inspiró el Acuerdo de París en 2015. En Glasgow (COP26), por primera vez un texto final reconoció explícitamente la última evaluación científica del IPCC y pidió acelerar la reducción de emisiones durante esta década. La ciencia ha dado soporte a conceptos como “cero neto” y “transición justa”, y ha mostrado con claridad qué implican diferentes trayectorias de emisiones.

Pero a medida que la evidencia se ha vuelto más contundente, también han crecido las tácticas para debilitar su impacto. Algunos países cuestionan la solidez de los escenarios del IPCC, los califican de “teóricos” o exageran las incertidumbres para justificar retrasos. Otros evitan referirse a términos clave como “1,5 °C” o “descarbonización” para suavizar la urgencia política. Y hay gobiernos y actores que financian informes paralelos que parecen científicos, pero están diseñados para sembrar confusión.

Este es el núcleo del science-washing: aparentar respeto por la ciencia mientras se le vacía de fuerza para la toma de decisiones.

Tecnología: la otra cara del science-washing

No basta con distorsionar la ciencia: también se asume que la solución vendrá de la tecnología. Este techno-optimismo actúa como máscara del science-washing. Se promete que nuevas tecnologías —captura de carbono, geoingeniería, inteligencia artificial o soluciones digitales avanzadas— compensarán los retrasos en las políticas estructurales. 

Pero ese optimismo tecnológico suele pasar por alto sus límites. Muchas de estas tecnologías aún no están desplegadas a escala, enfrentan costos enormes, riesgos desconocidos o dependencias de recursos y energía. Algunos estudios muestran que basarse solo en tecnología puede producir más conflictos, desigualdades o una falsa sensación de que “no hace falta cambiar estilos de vida”. En tiempos recientes se ha señalado que el IPCC podría estar inclinándose hacia un enfoque excesivamente tecnológico, dando prioridad a innovaciones sobre estrategias de restricción y transformación social. Estas críticas apuntan a la importancia de blindar su independencia ante intereses políticos.

Defender la ciencia es defender la acción climática

En la COP30 de Belém se espera que todos los países tengan sus compromisos nacionales (NDC) actualizados con objetivos a 2035, que se avance en la financiación y la adaptación, y que se auerda un camino claro para dejar atrás los combustibles fósiles. 

En este contexto, el science-washing puede manifestarse de forma silenciosa pero poderosa. Se puede minimizar la urgencia de 1,5 °C afirmando que es “poco realista”, cuestionar la neutralidad del IPCC acusándolo de “politizado” o desplazar el debate hacia soluciones tecnológicas hipotéticas que retrasan la acción inmediata. Todo esto erosiona la credibilidad de la ciencia y abre la puerta a compromisos débiles.

Sin embargo, la ciencia climática no es una opinión ni una profecía arbitraria. Los escenarios que elabora el IPCC —conocidos como pathways o trayectorias socioeconómicas— son herramientas rigurosas para entender las consecuencias de diferentes niveles de emisiones y para planificar políticas realistas. No son predicciones inflexibles, sino mapas que ayudan a navegar un futuro incierto.