Publicado el lunes 15 de septiembre del 2025

Belém será el termómetro de la ambición y la unidad mundial frente al clima.

A menos de dos meses de la COP30 en Belém, el panorama de la diplomacia climática global es tan complejo como incierto. El propio presidente de la cumbre, André Corrêa do Lago, habla de “incertidumbre sistémica” para describir un escenario donde los desastres climáticos se multiplican, las tensiones geopolíticas crecen y la cooperación internacional se pone a prueba.

Multilateralismo bajo presión

La COP30 llega después de varios bloqueos en el terreno de la multilateralidad. Las negociaciones sobre un tratado global de plásticos se cerraron sin acuerdo en agosto, con la oposición de Estados Unidos, Rusia y Arabia Saudí. En paralelo, el sector marítimo se prepara para nuevas regulaciones de emisiones en la Organización Marítima Internacional, aunque también con resistencias. El riesgo es claro: que la COP30 reproduzca los mismos patrones de bloqueo justo en el momento en que se necesita un cambio de rumbo.

Por eso la Presidencia brasileña ha fijado como prioridad central “reforzar el multilateralismo”. En Belém se busca enviar una señal inequívoca de que la mayoría de países están comprometidos con la acción climática, pese a las turbulencias políticas y económicas.

Los seis puntos críticos

Según la Presidencia de la COP30, la cita en Brasil deberá mostrar avances tangibles en seis frentes:

  • Un plan global para proteger los bosques tropicales, con financiación adecuada y mecanismos de rendición de cuentas.
  • Claridad sobre los 300.000 millones prometidos en Bakú, pieza central del “camino de Bakú a Belém”.
  • Un aumento significativo en financiación para adaptación, pendiente desde Glasgow (COP26).
  • Avances en la aplicación del compromiso de Dubái de iniciar el fin de los combustibles fósiles.
  • Revisión de las metas climáticas para 2035 (NDCs), con nuevos compromisos en septiembre en la ONU.
  • Integración de actores no estatales —ciudades, regiones, empresas— en la agenda oficial de acción climática.

Obstáculos en el camino

La organización enfrenta además un problema logístico que amenaza con convertirse en diplomático: la falta de alojamiento en Belém. Delegaciones africanas y del Pacífico denuncian precios hasta cuatro veces superiores a lo habitual y temen no poder participar plenamente en la cumbre. Una COP sin las voces de los más vulnerables sería un fracaso político y simbólico.

A ello se suman las tensiones en Brasil. El gobierno de Lula busca consolidar su liderazgo internacional, pero internamente se enfrenta a un Congreso dominado por la oposición y a la presión del sector agrario para frenar políticas ambientales. El futuro de la Amazonía y del “Fondo de Bosques” que se discute para la COP30 se juega también en esa arena doméstica.

Una diplomacia fragmentada

Mientras tanto, las grandes potencias envían señales contradictorias. La Unión Europea promete llegar a Nueva York en septiembre con un objetivo de reducción del 90% para 2035, aunque las tensiones políticas internas generan dudas. China e India mantienen su dependencia del carbón, pese a sus inversiones crecientes en renovables. Estados Unidos, fuera del Acuerdo de París, refuerza el apoyo a la industria fósil y cuestiona los mecanismos multilaterales, lo que complica cualquier avance en financiación.

En este contexto, los países más vulnerables siguen liderando la agenda moral y política. Las islas del Pacífico insisten en la urgencia de la justicia climática y reclaman un acuerdo de no proliferación de combustibles fósiles. América Latina, con Brasil y México a la cabeza, empuja para vincular financiamiento y eliminación progresiva de fósiles. África, por su parte, destaca la necesidad de un salto en adaptación para no quedar atrapada en una espiral de vulnerabilidad creciente.

Hacia Belém

La diplomacia climática llega a Belém en un estado frágil pero decisivo. La COP30 no resolverá todos los desafíos, pero sí puede enviar una señal política clara: que el multilateralismo sigue vivo y que, pese a las tensiones, la mayoría de países no está dispuesta a renunciar al marco común del Acuerdo de París. La credibilidad del proceso de la ONU depende de que todas las voces estén representadas: gobiernos, sociedad civil, pueblos indígenas y comunidades en primera línea.