Publicado el viernes 22 de agosto del 2025

Belém promete ser la COP de la inclusión indígena. El desafío es que la promesa no se quede en la foto.

La COP30, que se celebrará en Belém do Pará este noviembre será la primera cumbre climática organizada en la Amazonia, y la Presidencia brasileña ha prometido que tendrá la mayor presencia indígena y comunitaria de la historia de las negociaciones climáticas. Pero la pregunta clave es: ¿cómo pasar de la visibilidad y consultas puntuales a una participación con capacidad de transformar las decisiones?

Un proceso en marcha 

La inclusión indígena en el sistema climático no comienza en Belém. Desde 2001, los pueblos indígenas cuentan con una circunscripción propia en las COP y, en 2015, el Acuerdo de París reconoció explícitamente sus derechos y saberes en su preámbulo y en el artículo 7 sobre adaptación.

Un año más tarde, en Marrakech, se creó la Plataforma de Comunidades Locales y Pueblos Indígenas (LCIPP), el primer órgano formal de las Naciones Unidas que permite un diálogo directo entre Estados e indígenas. Su mandato, reforzado en Dubái, incluye:

  • Promover el intercambio de conocimientos tradicionales y locales.
  • Fortalecer capacidades de participación en las negociaciones.
  • Integrar estas perspectivas en planes y políticas climáticas nacionales.

Gracias a la LCIPP, procesos clave como el Objetivo Global de Adaptación (GGA) y el Balance Mundial (GST) han empezado a reconocer la importancia de los saberes tradicionales para diseñar estrategias sostenibles. Sin embargo, estos aportes aún tienen dificultades para traducirse en compromisos vinculantes.

La apuesta de la Presidencia 

La COP30 ha sido una de las banderas internacionales del Presidente Lula, que situa la Amazonia en el centro de su agenda política. En este marco, la Presidencia ha lanzado iniciativas inéditas:

  • El Círculo de los Pueblos como espacio permanente de diálogo.
  • La Comisión Internacional Indígena.
  • La Comisión de Comunidades Tradicionales, Afrodescendientes y Agricultores Familiares, que ya se reunió en Bonn y volverá a hacerlo en la semana climática de África.

En paralelo, han acreditado 125 nuevas organizaciones indígenas, quilombolas, de comunidades tradicionales, juventudes, mujeres y periferias urbanas, que se sumarán a las 350 organizaciones ya presentes en la COP28. También se admitieron 17 organizaciones brasileñas exclusivamente para Belém.

Además, durante la COP30, el gobierno brasileño propondrá que los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales sean destinatarios de al menos el 20% del Fondo Bosques Tropicales para Siempre.

Se trata de pasos importantes hacia la inclusión. Pero la pregunta sigue abierta: ¿estas instancias tendrán incidencia real en las decisiones o quedarán en el plano simbólico?

La incertidumbre crece con señales contradictorias, como la decisión de agosto de detener el acuerdo de la soja —un pacto vigente desde 2006 que había evitado la compra de soja cultivada en áreas deforestadas de la Amazonía— y que desde entonces permanece en pausa.

Lo que está en juego en la Amazonia

Los pueblos indígenas son guardianes de más del 80% de la biodiversidad mundial y sus territorios concentran gran parte de los bosques tropicales cruciales para la estabilidad climática. De hecho, son también los más expuestos a las catastrofes climáticas, la deforestación, la minería ilegal, la violencia contra líderes comunitarios y la exclusión política.

De cara a Belém, la Coordinadora de Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (COICA) ha sintetizado demandas que trascienden la presencia simbólica:

  • Reconocimiento pleno de derechos y respeto a la autodeterminación con consentimiento libre, previo e informado en toda política climática que afecte territorios indígenas.
  • Garantías de territorio y vida frente a megaproyectos extractivos y energéticos.
  • Mecanismos de participación con capacidad de incidir en los borradores de negociación y mecanismos permanentes de gobernanza compartida, más allá de las conferencias anuales.
  • Financiamiento directo para planes de mitigación y adaptación comunitarios sin pasar exclusivamente por gobiernos.

Los ejemplos de la LCIPP —como la integración de saberes tradicionales en planes de adaptación en Nepal o en proyectos forestales en Perú— muestran que la participación indígena puede ser efectiva cuando existe voluntad política y mecanismos de seguimiento. Si en Belém la inclusión se queda en lo simbólico, la COP30 pasará a la historia como una oportunidad perdida. Pero si las propuestas indígenas se convierten en compromisos vinculantes, la cumbre marcará un punto de inflexión en la relación entre comunidades y gobernanza climática.

El verdadero éxito de Belém se medirá en la incidencia indígena sobre los acuerdos, no en el número de acreditaciones.