COP31: acelerar las soluciones sin abordar el origen del problema
Antalya empieza a poner cifras a la implementación climática.
La tercera carta de la Presidencia de la COP31 empieza a enseñar qué quiere decir realmente Antalya cuando habla de pasar de los compromisos a la implementación.
Diez prioridades, varios objetivos globales para 2035 y una idea central, conseguir que los compromisos climáticos se traduzcan en acciones y resultados concretos entre ellos:
- Elevar al 35% el peso de la electricidad en el consumo final de energía.
- Reducir al menos un 50% el crecimiento previsto de los residuos sólidos urbanos.
- Reducir al menos un 25% el consumo energético de los edificios en relación con su actividad.
- Elevar al menos al 15% el uso mundial de materiales reciclados o reutilizados.
- Garantizar educación para la acción climática para todas las personas.
A estas prioridades se suman la seguridad alimentaria, los océanos, los sistemas sanitarios resilientes, una mayor coordinación entre las agendas de clima, biodiversidad y desertificación, y el denominado Climate Implementation Bridge. La financiación, la tecnología y el fortalecimiento de capacidades aparecen como elementos necesarios para hacer realidad todas ellas.
La COP31 profundiza así en una forma de avanzar a dos velocidades. Por un lado, están los acuerdos oficiales de la COP, que necesitan el consenso de todos los países. Por otro, grupos de países, empresas y organizaciones pueden sumarse voluntariamente a iniciativas concretas y avanzar más rápido. Esta fórmula puede acelerar la acción, pero también plantea preguntas: quién participa, quién se queda fuera y hasta qué punto estas iniciativas pueden sustituir a acuerdos asumidos por todos.
Hay, sin embargo, una precisión importante: estos objetivos no son vinculantes ni todos los países tienen que cumplirlos. La Presidencia los presenta como una invitación para que gobiernos, empresas y otras organizaciones se sumen voluntariamente.
De los planes nacioanles a proyectos que puedan financiarse
Una de las novedades es el Climate Implementation Bridge (BRIDGE). Detrás del nombre técnico hay una idea sencilla: ayudar a los países a transformar sus planes climáticos en proyectos concretos que puedan recibir financiación.
La carta parte de un diagnóstico claro: el 89 % de los planes climáticos presentados por los países incluye ya objetivos de reducción de emisiones para el conjunto de la economía y el 73 % incorpora adaptación. El problema es que muchos países en desarrollo siguen sin disponer del dinero, la capacidad técnica o las condiciones necesarias para ponerlos en marcha.
El BRIDGE puede ayudar a conectar mejor los planes con la financiación. Pero la brecha no es solo técnica. Fondos climáticos, bancos multilaterales y otros mecanismos ya existen. Lo que sigue faltando es suficiente financiación, accesible y previsible, especialmente para los países en desarrollo y sin aumentar su deuda.
El reto de la COP31 no será únicamente conseguir proyectos atractivos para los inversores, sino que los países cumplan también sus compromisos de financiación climática.
Los combustibles fósiles desaparecen de la fotografía
Hay una ausencia especialmente llamativa en la carta: los combustibles fósiles.
La Presidencia habla de más renovables, electrificación, eficiencia, reducción del metano, economía circular e industria baja en carbono. Pero no incluye entre sus prioridades una cuestión que lleva años en el centro de las negociaciones: cómo dejar atrás el carbón, el petróleo y el gas.
No es una cuestión menor. Desplegar alternativas es imprescindible, pero añadir renovables o vehículos eléctricos no basta si al mismo tiempo continúa creciendo la producción y el consumo de combustibles fósiles.Si esta cuestión desaparece del debate, existe el riesgo de presentar la transición como una simple suma de nuevas soluciones mientras se siguen aprobando proyectos de carbón, petróleo y gas que consumen el ya limitado presupuesto de carbono disponible para mantener el calentamiento lo más cerca posible de 1,5 °C.
La ausencia resulta todavía más significativa por el papel de Australia en la Presidencia compartida de la COP31. Mientras el país quiere desempeñar un papel central en la diplomacia climática junto a Türkiye, su política energética continúa recibiendo críticas por mantener y ampliar proyectos fósiles.
El desarrollo de gas mediante fracking en la cuenca de Beetaloo ha vuelto a poner esta contradicción sobre la mesa. Y no es un caso aislado: según Climate Council, el Gobierno de Anthony Albanese había aprobado hasta marzo de 2026 37 nuevos proyectos, ampliaciones o extensiones de carbón, petróleo y gas desde su llegada al poder.
A ello se suman grandes proyectos gasísticos como North West Shelf, cuya extensión hasta 2070 ha llegado a los tribunales, o Browse, actualmente sometido a revisión por sus impactos ambientales y climáticos. Australia llega así a la COP31 con una posición difícil de ignorar: quiere impulsar la acción climática internacional mientras sigue ampliando parte de su industria fósil.
Camino a Antalya habrá que mirar no solo cuántas soluciones nuevas propone la COP31, sino si existe voluntad para abordar también aquello que esas soluciones deben sustituir.
Porque el verdadero examen de la implementación será ese: si acelerar las alternativas sirve también para acelerar la salida del carbón, el petróleo y el gas.
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